Cuéntase de cierto calderero que, habiendo hecho algunos ahorros, determinó comérselos tranquilamente después de haberse echado estas cuentas: “Tengo ochenta años y dos mil duros; ¿Qué me puede quedar de vida? A lo sumo, diez años. Pues a razón de cuatro mil reales que anualmente invierta en mis necesidades, me los gasto alegremente y cumplo mis deseos de no dejar nada o lo menos posible, a la hora de la muerte.”
Pero salieron falsos sus cálculos, pues en lugar de diez vivió veinte años más de lo que se prometía.
Entonces se vió obligado a implorar la caridad pública, pronunciando las palabras antedichas:
¡ Una limosna para este pobre calderero que le sobró la vida y la faltó el dinero!
Autor: Anonimo.